Mi corazón habia dejado de arder, al fin.
Supuse, ése era el castigo de los dioses para los necios que dejamos a las alas del ensueño penetrar la carne y llenar las venas hasta irrumpir en la propia voluntad.
Por las noches sus manos dibujaban poesía; pero cada mañana el sol sale indefectiblemente, frío como el hielo mismo, y muere en el intento de despertarnos a nosotros, los mortales.
Y es que no prevalecemos en la memoria de nadie porque gustamos de entregar las nuestras para que otros las habiten eternamente.

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